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Ready Made y coronavirus.

Creatividad en tiempos de crisis.

En la entrada anterior sobre publicidad y vanguardias artísticas redujimos burdamente la definición del Ready Made como una obra de arte cuyo valor artístico no estaba en la elaboración, sino en su declaración. Es decir que se puede hacer arte con objetos encontrados.

Para ello basta con que un artista tome un objeto y lo declare obra de arte. Con lo que se desata la polémica ¿entonces cualquiera puede ser artista?

Duchamp lo hizo con esa intención de que el arte dejara de ser de dominio exclusivo para los genios y se convirtiera en algo más cercano a la gente.

Coeficiente de creatividad.

Sin embargo, hay que admitir que sí había algo genial en Duchamp, pues dividió la historia del arte en dos y a partir de su obra comenzamos a pensar en el coeficiente de creatividad.

Nos desligamos del valor de obra de arte puesta en tiempo y esfuerzo dedicado que la hizo importante en el barroco, en la perfecta ejecución técnica del hiperrealismo; o en la interpretación y composición de temas míticos valorados en el arte clásico.

Pero ahora imaginemos el problema de encontrar objetos y declararlos obras de arte en el contexto en que nos amenaza un virus mortal, que está en el aire y en todo lo que tocamos.

Las noticias nos saturan (o nos saturaban antes del paro) sobre el inminente riesgo y los cuidados que se deben tener, que básicamente se reducen a vivir encerrado y desconfiar de todo el mundo.

Aun el más genio de los artistas se sentiría algo expuesto de levantar objetos del suelo cuando todo el mundo le reprocharía por exponerse sin usar alcohol, lavarse las manos y cubrirse la cara.

Lo que parece ser una situación coyuntural nos pone de lleno en el tema que queremos comentar: La dificultad de crear en medio del riesgo.

Crear sin cubrirse la cara.

La creación en cualquier campo; arte, publicidad, o en la resolución de problemas cotidianos requiere cierto riesgo controlado, aún para ser creativo en tiempos de crisis.

Pero cuando la sociedad está abrumada por el miedo se pierde la capacidad de maniobrar y el que corre riesgos deja de ser audaz para convertirse en estúpido.

La frontera entre la audacia y la estupidez es tan sutil que basta un juicio (así sea erróneo) para pasar de un lado a otro, y no tiene vuelta atrás.

Arriesgarse es tonto si fallas, pero valiente si triunfas, pero la diferencia entre el éxito y el fracaso es casi siempre incierta.

Por supuesto hay que tener experiencia y conocer el criterio de riesgo, en eso consiste la creatividad en tiempos de crisis.

Si yo me atreviera a pelear contra un experto en artes marciales, sería estúpido y garantizaría mi derrota, pero si me preparo y luego de este entrenamiento decido dar el paso y competir, hay una posibilidad de triunfo.

En el campo de creativo (si la creatividad puede ser un campo) el riesgo supone una preparación de acontecimiento, relacionada con la época.

El creador (artista, publicista, mercadólogo, sociólogo) realiza su trabajo anclado a un contexto que le permite realizar ciertas soluciones y descartar otras.

Las posibilidades sean descartadas (inverosímiles) serían las más novedosas, en cambio las permitidas son las convencionales. He ahí la paradoja.

La aparición de un virus que obliga a las personas a permanecer en casa por miedo al contagio también restringe la creación, o al menos exige nuevos retos.

Primero porque casi siempre creamos para otros, y dependemos del criterio externo para comprobar si lo creado es útil, novedoso o funcional.

Segundo porque la desconfianza y el miedo cohíben la posibilidad de creación.

La psicología ha demostrado que para poder crear debe haber un entorno de confianza, pero la confianza no significa necesariamente tranquilidad,

La creación debe ser una respuesta a un reto, a una situación que se debe superar, si no hay presión tampoco hay creación.

Es en ese sentido que nos preguntamos acerca de las posibilidades de creación en medio de la desconfianza, la higiene excesiva y el enfrentamiento a la solidaridad cuando cualquier gesto solidario se considera un riesgo insensato.

La compleja decisión.

El riesgo de encontrar objetos en la calle nos expone inmediatamente al juicio social y al riesgo biológico.

La ciencia de la complejidad no obliga entonces a pensar en ese vínculo entre sociología y biología. En cualquier campo se pone de manifiesto la necesidad de creatividad en tiempos de crisis.

Vemos que el arte constantemente ha mediado entre áreas de conocimiento con vínculos complejos, como la filosofía y la moda; o la peluquería y la sociología.

Duchamp explicaba que la primera etapa del arte hecho con objetos encontrados era de higiene, entendida como limpieza de la producción mecánica,

Buscaba desligar la creación artística del proceso manual y retiniano, para superar la prueba de dominar un oficio.

La segunda etapa del “Arte Encontrado” fue la de significación.

“El ready made no debe ser un objeto hermoso, agradable, repulsivo, ni siquiera interesante. Nada más difícil que encontrar un objeto realmente neutro. (Octavio Paz, La apariencia desnuda).

La creación requiere un proceso.

Crear es una estrategia que se hace paso a paso.

Por eso se parte de observar la realidad y luego se procede a crear una propuesta, que se proyecta a pequeña escala, como en un laboratorio.

Tanto en biología como en sociología, en química y publicidad requerimos laboratorios. Quizá la única ciencia que puede prescindir de este es la filosofía.

Pues bien, el Ready Made fue en cierta forma el antecedente del polémico arte conceptual.

La polémica consiste en que, para quien está fuera del campo del arte, la posmodernidad permite cualquier cosa.

Los detractores criticaron diciendo que cualquiera se para en una esquina, se quita la ropa y cree estar haciendo arte, desafiando con ello la idea de que el artista es un ser con atributos superiores que debe haber dedicado años a prepararse para convertirse en un genio.

Cuando alguien en el contexto de una pandemia se atreviera a salir, a exhibirse, a hacerse público, a ser solidario; o a recoger objetos de la calle, estaría ignorando el riesgo por aumentar su valor de exhibición.

Esta exhibición habría de hacerse por algo que valiera la pena.

Cada cosa que haga el creador estará supeditada al juicio y si hubiera algún indicio de contagio se expone a la molesta amenaza autocumplida:  “se lo dije”.

Si el valor de exhibición aumenta demasiado el grito que enjuicia por estúpido sería multiplicado exponencialmente.

Es muy fácil pasar del ámbito doméstico al público con la afluencia de las redes sociales en las que cualquier cosa inusual se viraliza (igual que el Covid se contagia) de forma impredecible.

Creatividad y acontecimiento.

Finalmente, el tema de la propagación de las ideas viene a ser el punto álgido de imaginar la osadía de hacer arte con objetos encontrados en medio de pandemia.

Es claro que un acontecimiento cambia la realidad, existe un antes y un después de todo acontecimiento.

En ese sentido el Covid generó suficientes alteraciones culturales para considerarlo un acontecimiento global, cuyos alcances se mezclan entre lo material y lo inmaterial, lo político y lo estético.

Sus alcances en la creatividad social aun no se pueden describir, apenas estamos acomodándonos a lo que trae la cotidianidad.

Hemos visto pequeñas luchas por la supervivencia de personas que al haber perdido su trabajo han tenido que hacer lo que antes consideraban inverosímil.

“Reinvertarse” le llaman el coaching, pero eso tampoco tiene una exclusividad en el contexto de pandemia, pues desde que nacemos debemos enfrentar cambios culturales, económicos y políticos que nos obligan constantemente a desaprender hábitos para aprender otros nuevos.

El reto acá es hacerlo con los requisitos de higiene que requiere la actualidad, en ese sentido terminamos por definir dos posibles significados de esta palabra.

La típica que se refiere a los cuidados de salubridad asociados con hábitos de aseo, lavarse las manos, desinfectar lo que tocamos, cubrirnos el rostro.

La segunda connotación de higiene tiene su significado en el contexto social, es decir en el aprendizaje que hemos desarrollado a la inmunidad frente al otro como un riesgo.

Todo desconocido nos genera desconfianza, nos obliga a verlo de lejos, a cubrirnos el rostro, a usar el tapabocas.

Cualquiera puede ser un agente de contagio, incluso los familiares más cercanos son un factor de riesgo.

Por eso estamos obligados al aseo, a la desconfianza y a la ausencia de respuestas creativas, que son peligrosas.

Quizá, así como Duchamp tomo un peine y lo convirtió en obra de arte podíamos antes del covid darle a un tapabocas la declaración no oficial de obra de arte.

Un objeto tan neutro, aséptico y “feo” ha logrado redefinir la significación de las relaciones sociales, pero no se les ocurra levantar un tapabocas encontrado en la calle, eso sería arriesgarse demasiado.

En cuanto a la fealdad del tapabocas, no valen los esfuerzos de diseñadores de modas que quieren maquillarlos.

Nada puede ser más bello que el rostro y todo lo que cubre un rostro es y será feo.

Claro que hay rostros más bellos que otros, lo sabemos al enamorarnos, pero  la belleza del rostro estriba en su cambiante expresividad.

De ahí que el tapabocas fuera antes de la pandemia un objeto neutro, y ahora un objeto con sobreproducción semiótica.

2 respuestas a «Ready Made y coronavirus.»

Quien sabe cuantos años más pasen, para ver tapabocas en cobre como un monumento a estos años aciagos.

Seguramente la historia se ha de volver a escribir en reversa. Ahora pareciera que volvemos a tendencias medievales, con internet y otros cambios, pero la forma de enfrentar la pandemia fue el encierro y los tapabocas. Gracias por el comentario.

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